La génesis del diluvio

Por: Lic. Wilfredo Vallin Almeida, Abogado


En la actualidad es el caos.

En el terreno económico
Centenares de miles de trabajadores han sido declarados excedentes y están a punto de perder sus ya paupérrimos empleos. La otrora joya de la economía nacional, la industria azucarera, está destruida y acaba de producir la zafra más pobre de los últimos 105 años. La moneda alternativa, el cuc, se devalúa también con rapidez a ojos vistas. Se eliminan prestaciones sociales que antes se ofrecían a los sectores más necesitados de la población. Hay que importar numerosos renglones que años atrás eran creados en el país. Es fácil encontrar mendigos, niños incluidos, que piden dinero a los turistas…

En el terreno político
El país clama a gritos por cambios mientras el gobierno permanece sordo. Se persigue cualquier manifestación de desacuerdo, cualquier protesta por mínima que sea. Se descalifica y desacredita a todo el que no asienta a lo que el poder dice. Si lo consideran necesario, se reprime con virulencia. No importa que sea a un pequeño grupo de mujeres, algunas de ellas casi ancianas: lo que importa es el sometimiento absoluto.

Hay líderes de muchos años en la dirección del gobierno y que un día fueron ensalzados como ejemplos a seguir, apartados por corruptos.

Se prohíbe la salida del país (y ya la entrada) de todo aquel sospechoso de haber dicho, o que pueda decir, algo no agradable a los oídos del poder.

De partidos políticos alternativos o de personas disidentes nominados como candidatos a los distintos niveles del Poder Popular, ni hablar. O son “ellos” o nadie. Lo anterior ha motivado que empiecen a aparecer personas que prefieren dejarse morir de inanición que vivir en las actuales condiciones.

En el terreno social
Existen muchas más cárceles que nunca antes, todas abarrotadas.

Hay millones de cubanos fuera del país y otros millones tratan de abandonarlo por cualquier vía. Se encuentra con facilidad violencia criminal en las calles así como pérdida preocupante de valores entre la población en general.

Existen anomalías de todo tipo en el sistemas educacional, la salud pública y el sistema administrativo: pésima calidad de la enseñanza a todos los niveles, desidia, malos tratos y falta peligrosa de recursos en hospitales y policlínicos; estafas a los ciudadanos en los establecimientos comerciales, venta fraudulenta de inmuebles, permutas arregladas que encubren otras operaciones, compras de certificaciones, de autorizaciones, de licencias de construcción…

Se conocen casos de personas enviadas a prisión por muchos meses por el delito de vender jabitas plásticas o cucuruchos de maní. Un poco de frío mata a decenas de personas en un hospital psiquiátrico.

Encontramos, además, fatiga, desesperanza, frustración, hastío, desengaño…pero las autoridades siguen haciendo peticiones de sacrificio y exhortan- después de medio siglo de hacerlo-, a trabajar más todavía.

Pero “En el principio fue el verbo”, dice la Santa Biblia. Y, en nuestra historia, en el principio fue la revolución. Ella se hizo (a veces con mucha hiperbolización de algunos de sus pasajes) para reparar algunos males que aquejaban al país, males que hubieran podido ser resueltos mediante una evolución eficaz y ascendente del desarrollo social. No obstante, la revolución se justificó como supuestamente se justifican todas las revoluciones: su propósito era el de un cambio para mejor en todos los órdenes de la vida nacional.

Siendo así, entonces, ¿cómo ha sido posible llegar a una situación como la actual, descrita de forma totalmente somera e inconclusa en los primeros de estos párrafos? Los factores involucrados son de distinta naturaleza y muy disímiles para poder ser reflejados a plenitud en un breve espacio. No obstante, intentaré una aproximación a este fenómeno en aquellos puntos que me parecen más importantes.

Por lo regular, los partidos políticos, cuando suben al poder en los distintos países, enarbolan un programa de gobierno que es conocido, que se ha ganado el favor popular y, con éste, los votos necesarios para ese ascenso.

Uno de los argumentos para esa ascensión de la revolución al poder en Cuba fue enarbolado como programa: la famosa Constitución de 1940. Esa constitución, considerada por muchos como una de las mejores de su género para su época, iba a ser un nuevo paso de avance en el crecimiento general paulatino que mostraban en esos años los indicadores del desarrollo social. Los acontecimientos posteriores a su promulgación -que frustrarían la aplicación exitosa de esa Ley de Leyes-, y la situación fáctica imperante en el país, fueron dos importantes elementos utilizados para justificar la necesidad una revolución.

Según los muchos autores que han escrito sobre la estabilidad jurídica de las naciones (que conlleva concomitantemente la estabilidad económica, política y social), hay un punto en que parece haber coincidencia: es menester que esa estabilidad sea a largo plazo, o sea, que la legislación de un país no debe cambiar con excesiva frecuencia porque eso resultaría nocivo para el desarrollo general de la sociedad.

Llama poderosamente la atención como los países con más alto y sostenido desarrollo en el mundo son aquellos en los que las disposiciones jurídicas, empezando por las constituciones, han tenido una larga y prácticamente inalterable vida útil; pasan así de generación en generación y garantizan a estas la seguridad jurídica imprescindible para el desarrollo del comercio, la inversión, la cooperación internacional, etc.

Y esto es precisamente lo que NO ocurrió entre nosotros. Una vez en el poder, la revolución no restituyó la Constitución de 1940 sino que, en su lugar, estableció una Ley Fundamental en 1959 y, a partir de ahí, comenzó la larga práctica de dictar Leyes, Decretos-Leyes, Leyes Especiales, Resoluciones, Reglamentos, que muchas veces derogaban en todo o solamente en parte disposiciones anteriores, que modificaban artículos de viejas pragmáticas y crearon poco a poco un gran e inextricable entramado donde era muy difícil, si no se estaba muy dentro del asunto, entender.

Por otra parte, instituciones tradicionales existentes en nuestra vida republicana fueron a partir de entonces desconocidas o modificadas por entero. A modo de ejemplos, cabe mencionar la elección presidencial directa por la población, el concepto de propiedad como uso, disfrute y disposición de los bienes, la necesidad de un permiso de salida nunca antes existente en la historia de Cuba, la introducción de la pena de muerte en el código penal, fundamentalmente por causas políticas, la anulación de la tripartición de poderes en el sistema estatal y la eliminación del Tribunal de Garantías Constitucionales, por solo mencionar algunos.

Todo lo anterior condujo a una situación de inseguridad e incertidumbre en cuanto a lo que era posible o no en un momento dado. Nada que se hiciese en el terreno de las inversiones, los negocios o la economía gozaba de garantía alguna, pues fácilmente podía dictarse al día siguiente una ley que tornaba ilícita cualquier cosa hecha el día antes. Y ya nadie se consideró seguro, no ya en relación con la propiedad estatal, de la que ningún ciudadano común se sintió nunca dueño, sino ni siquiera de la propiedad personal, dado lo inasible y muchas veces contradictorio de los planteamientos jurídicos.

Desde los tiempos del mercantilismo, de Adam Smith a Milton Friedman y la Escuela de Chicago, es reconocido que la riqueza de un país descansa en la capacidad productiva creciente del mismo. Desconociendo olímpicamente esos principios, el país trabajó sobre la base de subsidios extranjeros, sin un control responsable de su balanza comercial, sin una motivación inteligente de su mano de obra ni de un aprovechamiento racional de las capacidades productivas de sus miembros.

De forma absolutamente irracional, nos enfrascamos en largas guerras intervencionistas en asuntos de países lejanos, regalamos recursos que eran muy necesarios a nuestro progreso económico, no prestamos atención al desarrollo competitivo de otros países, explotamos los suelos sin control, experimentamos desastrosamente con la masa ganadera del país y aplicamos sin ningún freno lo que se ha dado en llamar voluntarismo económico.

La irracionalidad que llevaba un día a encomiar al trabajo de los economistas y contables, y otro día a ser eliminados por innecesarios ; que llevó a enseñar el idioma ruso por radio y televisión y luego a dejar sin empleo a miles de profesores y traductores de esa lengua en todo el país; que un día dijo que en el territorio nacional no había desempleo y que al otro dice que sobran más de un millón de trabajadores por “plantillas infladas” en los centros de trabajo, sirve solo de pequeño botón de muestra de todo lo que paulatina, pero inexorablemente, llevó al país a la situación en que hoy se encuentra.

La fe pública con que un día contó la revolución cubana, ya no existe. Se perdió paulatinamente entre los fusilamientos de un principio, las deserciones que les siguieron, las promesas de los planes quinquenales, la zafra de los 10 millones, el café caturra, los éxodos masivos, las guerras “de liberación” en América Latina y África, el interminable sacrificio exigido durante generaciones enteras, la intolerancia religiosa, la persecución de la discrepancia ideológica, la segregación de los cubanos a ciudadanos de quinta categoría, la exaltación de los extranjeros por encima de los nacionales, la negación del derecho de propiedad…

Es evidente, además, que la situación nacional está en un punto de no retorno. El gobierno ya no podrá nunca más obtener el apoyo popular del principio, ni el espíritu de sacrificio, ni la sumisión, ni el respeto ni nada con lo que contó desde el comienzo y por muchos años. Hoy la realidad es otra, no solamente en lo que al pueblo respecta, sino por la situación internacional que vive el mundo contemporáneo.

Hoy, cualquier exceso impensado del gobierno cubano, puede poner en marcha acciones y mecanismos que no existían hace algunos años, como una intervención de los cascos azules de la ONU por motivos humanitarios. Contra tal eventualidad de nada valdrían planes militares que más mueven a risa que a otra cosa.

Es precisamente esto último lo que evita que envíen a prisión a miles de personas de la disidencia interna y frena “la solución final” que el gobierno debe haber ya analizado manejar. Lo que hagan, puede resultar fatal para los contestatarios, pero también lo será, sin duda alguna, para los detentadores del poder.

Ahora, 51 años después, es el caos. Solo resta… el diluvio.