Cuba insegura
Por: Jorge Olivera Castillo, Periodista independiente
En las calles y los campos de Cuba, delincuentes violentos acechan. El peligro está dondequiera, como en una guerra.
El tubo de hierro relleno con cemento impactó contra su cráneo. Fue quizás el más fuerte de una serie de golpes que pusieron fin a la vida de Laida Licet Recio, de 40 años de edad, el 7 de mayo último.
Llegó junto a su esposo el día 5 de mayo procedente de los Estados Unidos. La visita a sus parientes radicados en Cuba, se tornó en una pesadilla. Ella murió con la cabeza destrozada y es posible que su cónyuge Rolando Suárez, a raíz de la golpiza recibida, también tenga que recibir sepultura o arrastre secuelas de por vida.
Describo este hecho sangriento a pocos días de que tuviera lugar en la ciudad de Santiago Cuba, la segunda urbe más importante de la Isla, ubicada en la zona oriental del país.
Tras el desastre familiar y las interrogantes sobre la continuidad del señor Suárez en el mundo de los vivos, el asunto hay que verlo como un fenómeno preocupante dada la regularidad de los brutales métodos practicados en el momento de llevar a cabo un atraco.
Ya van quedando atrás los asaltos al descuido u otras acciones que podrían considerarse menos peligrosas para las víctimas en relación a no quedar con huellas físicas imborrables o simplemente perder la vida, tras ser atacado por uno o varios delincuentes.
Aunque las estadísticas oficiales en esta área permanezcan bajo un manto de silencio, la descripción de los hechos siempre aflora entre las sombras de la censura. Con sus recortes y añadiduras, la noticia viaja de barrio en barrio, como en los tiempos primitivos. Basta que alguien se entere de los pormenores del acontecimiento para el comienzo del traspaso de información boca a boca, teléfono a teléfono, hasta alcanzar cifras inimaginables de personas enteradas del suceso.
Es oportuno acotar que al margen de los bajos índices de acceso a internet existentes en la Isla y a los pocos miles de personas que disfrutan de la programación de los canales de televisión hispanos con sede en la Florida, a través de conexiones ilegales pagadas a distribuidores locales, esto ha contribuido a acelerar el contacto con realidades que antes, o bien demoraban en proliferarse o simplemente permanecían en el anonimato.
Cuba, en su lento, pero inexorable proceso de “haitianización”, deja ver escenas que no concuerdan con el entusiasmo de una nomenclatura atrapada en sus viejas ilusiones de creerse infalibles y a merced de un discurso blindado con estériles frases retóricas y victorias de cartón.
Morir apaleado en una esquina, con un golpe de machete en el cuello, un ladrillazo o varios tajos de cuchillo, es una circunstancia siempre latente, sobre todo si la vestimenta que se lleva es de marca y se usan prendas que sean o parezcan de oro. Un equipo MP3, un iPhone o unas gafas Ray Ban, podrían dar luz verde al asalto en sus peores modalidades.
La paulatina degradación del nivel de vida fomenta estas conductas salvajes. El hastío ante las ya clásicas promesas incumplidas, el efecto desmoralizador de recibir un salario que no alcanza para vivir dignamente y que obliga a delinquir como único medio de supervivencia, la ruptura de los niveles de igualitarismo a partir de la apertura al turismo internacional y la entrada de las remesas familiares, son aspectos puntuales para comprender el por qué del desbarajuste social que trae aparejado el surgimiento de un sector marginal proclive a pasar, sin apenas transición, del natural descontento a la bestialidad.
La sociedad cubana presenta signos evidentes de descomposición. Eso se puede observar a diario en las formas de comportarse, en la imparable corrupción del lenguaje, en el ascenso en el nivel de alcoholismo, en la propensión a zanjar cualquier diferencia a puñetazos o con el cruce de armas blancas y el irrespeto por las naturales reglas de urbanidad a cumplir por ciudadanos en este caso presuntamente civilizados y cultos.
En la actualidad existe una cantera inagotable de delincuentes. Basta recorrer los bolsones de miseria que pululan por todo el país, para ver de cerca a los candidatos, o quien sabe los expertos en desvalijar a mujeres y hombres, a las buenas o a las malas.
El éxito del socialismo en Cuba ha sido solo un barniz. Debajo de la decoración había un país pudriéndose. El odio, la delación, el juego de las apariencias fueron y son parte de las fichas de un juego macabro que ha puesto a la nación cubana patas arriba.
El hombre nuevo que proclamó el Che Guevara en la década del 60 del siglo XX, no es hoy el humilde revolucionario dispuesto al mayor de los sacrificios por defender los postulados del proceso de transformaciones que pondría a Cuba a la cabeza de América Latina, en materia de seguridad, desarrollo y equidad social.
Sobresale el simulador, el corrupto, el arribista, el mal educado y los bandoleros que esperan por sus víctimas para asestarle el golpe mortal con el fin de quitarle, a quien sea, una cadena de oro o un par de tenis Adidas.
En un close-up que pude ver en internet de Laida Licet Recio antes de su horrible muerte el 7 de mayo, resaltan sus prendas en el cuello. Quizás por ese desliz fue atacada con tanta fuerza por los dos agresores.
Meses atrás, un amigo se salvó de una retahíla de batazos. Los asaltantes querían la mochila. La soltó a tiempo y puso pies en polvorosa. Era de madrugada, cerca del Capitolio, en el centro de la ciudad de la Habana.
El peligro está dondequiera. Hay que andar alertas, como en una guerra.
“¡Qué marines, ni 82 División Aerotransportada! Los enemigos están parapetados en los portales y los callejones oscuros de las barriadas. Yo creo que si algún día vienen los americanos sería para salvarnos. Esto está que arde”. Eso piensa Manuel, un vecino jubilado.
Su tesis tiene numerosas réplicas. Muy pocos creen en la cantinela del discurso oficial. La fe en el socialismo es agua pasada, letra muerta, si acaso una actitud condicionada por el miedo a expresar la verdad.