Desarmar utopías

Odelín Alfonso Torna, Periodista independiente

Ni siquiera imaginar 20 años atrás que el llamado de la revolución a combatir el “diversionismo ideológico”, fuese desarmado por la difusión clandestina de publicaciones y programas informativos y de entretenimiento censurados por el gobierno. Una cronología de testimonios y materiales históricos, expuestos con objetividad desde otras latitudes, se vierten sobre la anquilosada revolución político-cultural castrista.

Hoy la inclinación del cubano por los videos pirateados del satélite o bajados de la Internet, se une al consumismo y a la apetencia por la cultura foránea. Por otro lado, la realidad cubana vista por la literatura y el arte contestatario, y enfocada con más crudeza por el periodismo independiente y la blogosfera, apunta a lacerar los endebles resortes ideológicos que sostienen a la administración militarizada de los hermanos Castro.

Supongo que nunca antes la cátedra ideológica del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC), inmersa hoy en los ajustes finales para su VI Congreso, se había enfrentado al panorama cambiante que imponen la globalización y las nuevas tecnologías de la información sobre una sociedad de corte “socialista”. Cualquiera de los contenidos llamados “subversivos”, antes bajo constante monitoreo por la comisaría cultural, hoy se propagan en cuestión de segundos sobre soportes digitales.

El telón prohibido

Igual que el estalinismo o el maoísmo en su período agónico, el desplome del fidelismo y su empresa ideológica es sólo cuestión de tiempo. La historicidad de la seudo-utopía castrista se desmorona al desclasificarse el lado más oscuro de sus interioridades. Coincido con quienes una vez sirvieron a la nomenclatura, dentro o fuera de su círculo más íntimo, y hoy revelan sus secretos en el exilio: para la dirigencia histórica, la teoría del inmovilismo es la base de su subsistencia.

Cuando hablo de la preferencia de cada cubano o cubana, joven o viejo, comprometido o no con la revolución, por aquellos programas de la televisión extranjera que se desprenden de los receptores satelitales, no reacciono ante algo desconocido o fuera del control de la policía política.

Sobra decir el por qué el telón de lo prohibido permanece entreabierto a los programas de habla hispana que se transmiten por los canales “enemigos” Unívisión y AméricaTV. A pesar de los operativos contra los receptores satelitales y los bancos de películas, también ilegales, esta práctica no ha podido ser extirpada por la maquinaria represiva.

Es parte de la cotidianidad alquilar un show o una película copiada en CD por sólo 5 pesos, equivalente a 25 centavos de dólar. Igual se difunden camuflados en soportes digitales los programas de Oscar Haza (A mano limpia) y Maria Elvira Salazar (Maria Elvira Life), sobre todo aquellos en los que ex funcionarios y agentes de la inteligencia reseñan las inmoralidades de la nomenclatura.

Hoy los órganos de la inteligencia cubana despliegan operativos contra la divulgación de los testimonios de Alcibíades Hidalgo (ex secretario personal de Raúl Castro), Delfín Fernández (ex agente de la contrainteligencia cubana) o el Teniente Coronel Juan Reinaldo Sánchez (escolta de Fidel Castro por más de 17 años). Estos materiales despiertan interés en la población por el contenido probatorio en voz de sus entrevistados.

La lógica en un bolsillo

El desprestigio de la revolución y sus líderes puede llevarse en un bolsillo. Al legalizarse la venta de reproductores de DVD y su consiguiente avalancha de soporte digitales en el mercado formal e informal, los materiales audiovisuales prohibidos nos tocan a la puerta.

El peligro siempre acecha. De bolsillo a bolsillo, copiados en una pequeña memoria flash o en un teléfono móvil, “La vida secreta de Fidel Castro”, “La cara oculta de Raúl Castro”, “Manolón”, “Comandante”, “Camilo”, “8A” y otros documentales, apenas son una breve síntesis de lo que se difunde a intramuros.

En busca de un atajo

Otro detonante encimado sobre la “coraza ideológica” de la revolución es esa pequeña brecha a Internet que el gobierno habilita a extranjeros y nacionales con determinado poder adquisitivo. Sólo 200 mil cubanos, el equivalente al dos por ciento de la población, en mayor o menor cuantía, tiene acceso a Internet. De ahí que Cuba posea la tasa más baja de internautas en América Latina.

Se puede habilitar en las oficinas de correo una cuenta de usuario en su variante Intranet, una red nacional que limita el acceso a sitios considerados subversivos por la nomenclatura. Infomed, otro servicio restringido para médicos y especialistas de la salud, destina a estos una cuota mensual de 400 minutos. Sólo los empleados del gobierno, investigadores y académicos, pueden acceder a la red universal.

Otra de las restricciones eliminadas por el presidente Raúl Castro en el primer trimestre de 2008, fue el acceso de los nacionales a las instalaciones hoteleras. Sin embargo, a finales de mayo de 2009 una nueva resolución emitida por el monopolio de las comunicaciones ETECSA, prohíbe el acceso a Internet para los cubanos a través de los hoteles. Por esta vía podía accederse a la red a un precio de 10 pesos convertibles por hora de conexión, aproximadamente el 70% del salario medio de un trabajador en Cuba.

Esto puede ser el preámbulo para el recrudecimiento del apartheid informativo, si la medida se aplicase en los ciber-café o en las salas de Internet que prestan servicio dentro del Capitolio de La Habana, donde una hora de navegación equivale a 5 cuc.

Con tales restricciones, el gobierno desestima el incremento en la búsqueda de atajos ilegales para navegar por la red, a partir de una cuenta de usuario colectivizada y amparada por titulares extranjeros, funcionarios gubernamentales o de empresas mixtas. De igual forma, escritores, intelectuales, artistas de la plástica, periodistas independientes y blogueros, solicitarían el servicio en algunas embajadas.

La utopía de la revolución se desarma ante la avalancha de tecnología, la diversidad cultural, Internet y los programas pirateados del satélite. Hoy en el campo de operaciones ideológicas no es posible el combate al diversionismo. Sería una guerra sin cuartel y carente de convicciones morales, para quienes se aferran al poder en nombre de la “revolución”.