Obama el pacífico, amenaza Rogelio Fabio Hurtado

El ascenso arrollador del joven senador por Illinois a la presidencia de los Estados Unidos, liquida uno de los estereotipos favoritos del totalitarismo criollo respecto a la sociedad norteamericana. Demuestra además la vitalidad del sistema democrático para deshacerse del fundamentalismo conservador y buscar, mediante el cambio, las soluciones a sus atolladeros económicos y políticos.

Para la comunidad afro-norteamericana, cuyo camino hacia la plenitud ciudadana ha sido largo y duro, Barack Obama es el hombre que acaba de despertar para empezar a vivir el hermoso sueño civilista de Martin Luther King, por eso bailaban los muchachos de todos los colores en las celebraciones en Chicago, por eso vimos el curtido rostro del pastor Jessie Jackson bañado por lágrimas de gozo. Es inexplicable que ni las autoridades gubernamentales ni las instituciones socioculturales cubanas hayan expresado sus parabienes. Al contrario, la única voz que se ha escuchado públicamente ha sido, alarmada, la de un pertinaz ideólogo, el Dr. Armando Hart, preocupado porque, según él, si Obama cumple sólo el 50% de sus promesas pre-electorales, eso le plantearía retos a Cuba.

Felizmente, ya se oyen otras voces, tanto en las casas como en las calles y en los ómnibus: todas distintas y diferentes a las habituales y ya muy cascadas de los voceros de la generación que, enferma por el estéril ejercicio de un poder cada vez más inocuo, no sabe ni ve nada diferente a sus propias pesadillas.

Estas voces nuevas fijan sus esperanzas de renovación en la nueva política del nuevo presidente. Me cuentan que la juventud estadounidense y, en especial la negra y la hispana, se sienten muy contentas con Obama, quien ha conseguido despertarles las briosas ilusiones, sepultadas durante muchos años por el predominio de una beligerancia jactanciosa y superficial.

El cuadro crítico que le aguarda en la terca realidad, recuerda al que tuvo que enfrentar en 1933 Franklin Delano Roosevelt, el más exitoso político demócrata del siglo XX en los Estados Unidos. Ojalá el futuro huésped de la Casa Blanca sea capaz de honrar, asimismo, el precedente de John Fitzgerald Kennedy, cuya enérgica política en pro de la igualdad de derechos trazó un precedente irreversible. Oremos para que no cometa los calamitosos errores de política exterior de éste, que arrastraron a los EE UU al sangriento conflicto del sudeste asiático.

Es de esperar que los esfuerzos tenaces del Sr. Al Gore en pro de la protección del planeta reciban de la administración un consistente respaldo, con un cambio sensible en la política al respecto. Creo que el agudísimo documentalista Michael Moore verá llegado el momento de pasar del criticismo rebelde al planteamiento sociopolítico constructivo. De acuerdo con las proyecciones internacionales de su país. Este cambio de política tendría repercusiones mundiales.

Respecto a las consecuencias para nuestro país del cambio que proclama el flamante político, puede especularse largo y tendido. Casi de inmediato, cabe esperar que se distancie de la negatividad estéril aplicada sistemáticamente por Bush para complacencia de la ultraderecha cubana. Respaldado por el exilio más joven, levantará las restricciones a las remesas y a las visitas familiares; esto significará para el régimen, un respiro económico por el que deberá pagar cierto costo político. Recuérdese el impacto en 1978 de la primera oleada de visitantes que regresaron entonces a la Isla y mediante el contacto humano echaron por tierra la imagen prefabricada de la emigración y crearon así los intangibles políticos imprescindibles para que, en el verano de 1980, irrumpiesen más de 10 mil habaneros en la Embajada del Perú.

Es cierto que la Cuba de hoy, al cabo de más de 15 años de supervivencia sin el apuntalamiento del finado campo socialista, está mucho menos aislada del mundo occidental, pero también lo es que la funcionalidad del aparato burocrático represivo está sumamente vulnerada y que el país es hoy, mucho más heterogéneo. Tanto entonces como en 1994, se optó por la cura de caballo de lanzar el éxodo masivo, con inquilinos demócratas en la Casa Blanca. No creo que acudan por tercera vez a esa receta de homeopatía política, dada la volátil situación cubana actual.

Una vez restaurado el nivel de contacto entre ambas comunidades, Obama se pondrá a la espera de respuestas de la Plaza de la Revolución. La más sencilla sería la puesta en libertad bajo licencia extrapenal de un nuevo grupo de presos políticos, quizás no condicionada ya a la salida permanente del país, medida muy favorable para los beneficiados pero que no implica ninguna modificación esencial en el modus operandi del régimen. Este ping pong proseguiría adelante con un relativo ablandamiento de las exigencias de pago inmediato para estimular la adquisición de productos agrícolas norteamericanos por las empresas estatales cubanas.

Es de imaginar que el intercambio cultural entre ambos países recupere la dinámica que cobró durante la administración Clinton. Hasta dónde y hasta cuándo podría llegar este poker político, nadie puede predecirlo, pero ya lo veremos desarrollarse.

Puede ocurrir que los comandantes en jefe vuelvan a encontrar la ocasión de derribar algunas avionetas capaces de bombardear pedacitos de papel, para clausurar los vasos comunicantes y preservar la condición de enemigo irreconciliable del vecino Goliat. Sin embargo, podría suceder también que la buena voluntad del presidente se sobreponga a todos los rechazos y ejerza la potestad del fuerte, extendiendo hacia la pequeña gran isla no el puño cerrado del adversario, sino la generosa mano abierta del amigo sincero. Esa es la más prometedora amenaza del pacífico presidente Barack Obama.