El fenómeno Obama Oscar Mario González

La izquierda mundial con su carné identificativo antinorteamericanista se veía desprovista de un argumento secularmente esgrimido contra los Estados Unidos: el racismo. Por primera vez un negro ascendía al “cesarismo imperial”.

La trascendencia del hecho repercutía en nuestro país, no porque el convaleciente comandante, que sigue diciendo la última palabra, favoreciera su divulgación sino por la insistencia y “matraquilla” con que las “Mesas Redondas” y otros espacios informativos lo enfatizaban. Hay quien dice que las mentiras terminan engañando a sus propios promotores y es posible que los medios informativos cubanos, detrás de los cuales está el aparato ideológico del Partido, se hayan “auto engañado” creyendo en la imposibilidad del triunfo de Barack Obama.

Lo cierto es que la opinión pública isleña se muestra favorablemente alentada por lo que bien pudiera denominarse “el fenómeno Obama”. La ascensión de éste al primer puesto del poder político en los Estados Unidos de Norteamérica ha provocado expectativas, cuyo aliento esperanzador penetra en las mentes y en los corazones por los recovecos de una ilusión pobremente sustentada en la realidad.

Muchos opositores y disidentes comparten el optimismo y aún más, en los grupos de oración católicos y hasta protestantes a los cuales asisto, no pocos fieles bien intencionados y de limpio corazón, invocan el favor divino en pro de un arreglo en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos bajo la nueva brisa “obamista”.

Personalmente no creo justificado tal optimismo ni considero que existan visos realistas alentadores de tales perspectivas y esperanzas. No logro suscribirme a la lista de los embullados.

¿Que el señor Obama pudiera tender un ramo de olivo invitador al dialogo? Es posible. No sería la primera vez. Los presidentes norteamericanos más “duros” también lo hicieron. El problema hasta ahora insuperable ha sido la intransigencia del gobierno insular renuente a hacer concesiones, pues asegura que el sistema criollo es el mejor y que por tanto, el mundo, y no Cuba, es quien debe cambiar tomando a la Isla como modelo. Que toda variación de la realidad cubana sería para más socialismo, conceptuado este último en su variante castrista, cuyas principales características, aunque no las únicas, son: de libertad ni un cachito, boca perennemente cerrada, mucho ruido y poco avance con perenne agitación y escasa alimentación.

Lo verdaderamente preocupante en estos ramos de olivo que se le tienden al castrismo es que siempre resultan inconsistentes con el decursar del tiempo. Así fue como España terminó en un diálogo incondicional que ignoró a la oposición pacífica, pese a un inicial condicionamiento del mismo a concesiones por parte del Gobierno cubano. Otro tanto sucedió recientemente con la Unión Europea. Al final Cuba incrementa su acción represiva y a cambio, recibe como premio la colaboración foránea. Los presos políticos continúan en las cárceles y el panorama social se cubre con un velo de telaraña como resultado de la inamovilidad y la desidia.

El asunto no es tan difícil de explicar: el gobierno no hará concesiones de tipo aperturistas porque en ello le iría la propia existencia. Esa ha sido su conducta desde el principio. Tal política la dio a conocer por primera vez el canciller Raúl Roa. Luego la siguió proclamando el pintor de brocha fina y ex ministro Robertico Robaina y años atrás la reafirmó el actual canciller Felipe Pérez Roque, cuando al preguntársele en París por el Proyecto Varela, dijo que “se lo pasaba por ahí”, al tiempo que se llevaba las manos a los testículos.

Las democracias han terminado cediendo porque dependientes como son del consentimiento popular, supeditan su política exterior a los intereses nacionales.

Los totalitarismos hacen lo que les viene en ganas y todo lo subordinan a la conservación del poder omnímodo. Mientras tanto la nación se va desgastando lenta pero irremediablemente, como esos frutos sin vida que se adhieren a las ramas, indiferentes a los nuevos aires del cambio y de renovación.