Del calabozo al fútbol

Crónica de una liberación

por Alejandro González Raga

–Vamos político, que te mandaron a buscar– me dijo el llavero mientras abría la reja de entrada de la galera. Debí de haberme dormido tarde la noche del 12 de febrero. La muerte de mamá me sorprendió ya que esperábamos que saliera del hospital después de la operación, pero no fue así. El impacto de la noticia debió de alterarme hasta el punto de no conciliar el sueño.

Salí de la cama de un salto, los efectos de los somníferos todavía estaban presentes. Sin asearme, debido a la insistencia del funcionario para que saliera, alcancé el corredor al tiempo que preguntaba:

–¿Quién me busca?

–No sé– respondió.

Bajé las escaleras y encontré al subteniente Maikel Feria Yordi que me dijo:

–Vamos, que quieren hablar contigo.

Lo seguí sin comentar nada, era algo habitual que este oficial fuera a buscarme cada vez que alguien se lo indicara. Al rebasar la entrada del puesto médico, que era el recorrido acostumbrado, pregunté:

–¿Dónde vamos?.

–A la oficina del jefe de unidad –contestó. Subimos las escaleras hasta el segundo piso, allí se encontraban el oficial del Depar­tamento de la Seguridad del Estado (D.S.E.) que atendía el caso junto al jefe de la prisión, el teniente coronel Jesús, y la capitana-jefa del puesto médico. Todavía no podía sospechar el móvil del requerimiento.

En la oficina refrigerada y pulcra esperaba el mayor Salgado, que es el jefe del departamento de prisiones del mencionado cuerpo represivo. Me saludó en clave luctuosa al tiempo que me invitaba a sentarme. Cuando estuvimos solos me preguntó:

–¿Cómo estás? –y me extendió la mano. Luego trató de disculparse por no haber podido dejarme que acompañara los restos de mi madre.

–Bueno, vamos al grano pues el tiempo apremia. Alejandro, se te ha aprobado la licencia extrapenal con la condición de que salgas del país para España.

Aquí hicimos un breve silencio que interrumpí con una pregunta:

–Salir para España, ¿así? Y mi familia y lo demás ¿cómo que­da?

–Por la familia no te preocupes, que pueden viajar contigo.

–¿Quiénes? ¿Cuántos?

–Déjame consultar –fue la respuesta. Tomó el teléfono, hizo una llamada y luego dijo:

–Escríbeme en un papel los que tú solicitas que viajen contigo.

Estos datos tienes que dármelos ahora.

–Yo no puedo dárselos sin consultar con ellos.

–Llámales –me dijo mientras me acercaba el aparato.

Aquello no podía estar ocurriendo. Recuerdo que, mientras sonaba el teléfono, le pregunté por Alfredo Pulido y hasta le propuse que lo sacaran a él. La respuesta fue sencilla:

–El que viene en la lista eres tú.

–Bertha, soy yo, te llamo para decirte que me van a dar la licencia extrapenal –Fue todo lo que alcancé a decir, mi esposa y mis hermanos, que también escuchaban al teléfono, rompieron a llorar. Salgado intervino para dejar claro que no había tiempo para estos asuntos del sentimiento.

–Son muchos los trámites que hay que hacer y estamos cogidos con el tiempo –fueron sus palabras y luego agregó:

–Diles a los de la lista que se saquen cuatro fotos de pasaporte, eso tiene que estar listo para las dos de la tarde –Eran alrededor de las doce del día 13 de febrero, vísperas de San Valentín. Intercambié algunas impresiones con mis familiares, y ya iba a colgar cuando volvió a intervenir diciendo rotundamente:

–De todo este asunto ni una palabra a nadie, comunícaselo a ellos para que no haya problemas –Trasladé la orden y me despedí anunciando próximas llamadas en caso de ser necesario.

–Ahora serás llevado hasta tu destacamento para que recojas tus pertenencias, luego te llevarán para la enfermería. Tendrás que estar aislado hasta mañana que sales para La Habana. Vamos a estar por aquí, si hay algún problema puedes mandarme a buscar.

No creía aún que fuera cierto, entré, me paré frente a la litera que ocupaba y estuve un rato sin saber qué hacer. Alexis Cofigni Martell, que compartía conmigo el jergón, fue el que me sacó de mi estado de arrobamiento.

–Raga, ¿qué pasa? –Y cruzó su brazo derecho por mi hombro. No podía decirle, hice un gesto con la cabeza mientras lo abrazaba y un par de lágrimas se me escaparon sin permiso del oficial.

–Recógeme las cosas, trata de salvar el radio que está bajo la almohada. Si no regreso, quédate con él –le dije al oído en otro abrazo.

Luís, el mandante y paisano mío me ayudó con el maletín, yo por otra parte cargaba la maleta y otros bártulos. Mientras bajábamos las escaleras le pedí a escondidas que le dijera a Alberto Pulido que me llevaban a España, él no lo tomó en serio y sonrió.

Una vez en la enfermería, como el horario del almuerzo ya pasaba, llamé al guardia y le pedí que informara de la situación. Mandaron al recluso Osvaldo Márquez Aguiar, con quien tengo buenas relaciones.

–¿Qué te pasa viejo? ¿Tienes hambre? –me preguntó sonriendo y asentí con la cabeza. Volvió con unos huevos fritos y un poco de arroz, todo un manjar para una prisión cubana. El llavero lo dejó pasar y yo le pedí que le dejara llevarse algunas cosas que yo ya no necesitaría.

–Te vas de libertad, político –comentó irónico el guardián. Y yo, sarcástico, le respondí:

–No, no me voy de libertad, me voy a España.

Ya estaba oscuro cuando un grupo de presos pasaron cerca de la celda, me paré en la cama para hablar con ellos y tratar de hacerle llegar un mensaje a mi amigo Alfredo Pulido. No los distinguía en la oscuridad pero reconocí las voces de Tizón y Rastafari. Les dije que hicieran llegar a Alfredo una nota donde le expresaba mi inconformidad con el asunto y la imposibilidad de poder cambiar la decisión. No podré saber si la recibió, pero sé que estará contento.

Cerca de las seis y media vino por mí una patrulla y fuimos directamente al cuartel general de la policía política en la provincia. Al momento de llegar no lo sabía pero en un pequeño bus esperaban mis hijos, mi esposa, mis hermanos y mi sobrina.

Al bajar del auto otro oficial del D.S.E. me condujo al interior del edificio donde me entregó una muda que le entregara mi esposa y me ordenó cambiarme de ropa. Recogí la ropa que traía puesta y salimos ya frente al minibús. Subí al asiento trasero, delante con el chófer montó Julio Bienemen Suárez, que es el segundo jefe de la prisión Kilo 7 en la provincia de Camagüey. A la entrada de la provincia de Ciego de Ávila hicieron una parada para ir al baño y pude entonces darle un beso a mi esposa y a mis hijos. El resto del recorrido transcurrió sin problemas. Al llegar a la entrada de Guanabacoa, el auto patrulla giró a la derecha y el minibús siguió rumbo a la capital. En la carretera que conduce a la prisión del Combinado del Este, volvimos a girar a la derecha y fuimos hasta el edificio de la dirección general.

El policía que pilotaba el auto desmontó y me abrió la puerta.

–Estira las piernas un poco –masculló. Como yo estaba vestido de civil y las ropas eran nuevas, el combatiente me confundió con uno de los suyos. Estaba molesto por tener que estar viajando ese día, pero como su valor no le alcanzó para hacérselo saber a sus superiores, echó la culpa al “contrarrevolucionario de mierda” que tuvo que trasladar desde la provincia de Villa Clara. Tuvimos una discusión muy fuerte que no llegó a mayores por la situación en la que estábamos, y porque vino Bienemen Suárez que me tomó por el brazo y me pidió que me montara. Fuimos hasta el Hospital Nacional de reclusos, que está ubicado dentro del área penal. Allí me recibió un oficial del D.S.E. que dijo llamarse Alejandro y que, en tono amable, me informó que él sería uno de los encargados. Hasta ese momento, no sabía nada de quienes seríamos los elegidos, pero mientras subíamos las escaleras conocí los nombres de los demás integrantes del grupo. Me alegró mucho saber que entre ellos estaba Pedro Pablo Álvarez Ramos, con quién pasé el primer año de encierro.

En la noche, vinieron a comunicarnos que ese día ya no viajaríamos, que al día siguiente sería posible pero que podrían surgir imprevistos. Aquellos informes despertaron mi inquietud, pero la llegada de Pepín (José Ramón Gabriel Castillo) me distrajo y así, entre anécdotas y chistes, llegó el día 15.

Por Pedro Pablo supe que en la sala de enfrente estaba Regis Iglesias Ramírez y entre todos abordamos al mayor Marcos para que nos permitiera saludarle. Accedió con la condición de que no le dijéramos lo que ya todo el mundo sabía, incluido Regis.

En la tarde del día 15 vino nuestro hermano. Los abrazos del encuentro son indescriptibles, sólo se escuchaban frases entrecortadas. Todos allí éramos parte de la esperanza que descubrió para los cubanos el Proyecto Varela y éramos conscientes de que el destierro era la más benévola de las opciones que consideró el dictador.

El día 16 nos sorprendió despiertos, al final de la mañana llegaron los agentes para informarnos que después de las seis de la tarde sería la salida. El problema había sido encontrar pasajes para todos en las líneas comerciales por lo precipitado de la decisión.

Eran pasadas las nueve, finalmente salimos de uno en uno, acompañados siempre por los oficiales Alejandro y Marcos, y otros funcionarios de orden interior. Ya a bordo de un minibús fuimos llevados hasta una pequeña salita con escasos muebles, donde depositaron las ropas.

Nos vestimos con rapidez y esperamos a Marcos, llegó después de varios minutos y nos invitó a un poco de café.

–Los vamos a ir sacando de uno en uno para trasladarlos al aeropuerto –nos dijo. Sugirió que empezarían por Omar Pernet, al que le alcanzó las muletas mientras abría la puerta. Después vinieron por mí. Bajamos los escalones que llevaban hasta los autos, que formaban una hilera en la vía de acceso al edificio. Fuimos ocupándolos en orden consecutivo y partimos en caravana, bordeando la ciudad en una marcha tan lenta que parecía que no llegábamos nunca. No podíamos hablar, ni mirar hacia atrás, ni gesticular con las manos, lo que hacía del viaje un momento tenso. A esas alturas, todavía pensaba en la trampa posible, en la zancadilla.

Finalmente entramos en la pista por un lugar por el que se introducen mercancías. Pasamos junto al avión de la Fuerza Aérea Española y llegamos finalmente a una pequeña terminal ubicada en una zona de acceso limitado, allí nos encontramos con nuestros familiares.

Por fin llegó un transporte colectivo que abordamos con premura, el ómnibus comenzó a moverse por entre los restos de naves aéreas, veníamos de las sombras y entre las sombras nos íbamos. Las últimas imágenes de mi país serán ya para siempre, las de un cementerio aéreo, pero cementerio al fin.

Eran las 11.45 de la noche del 16 de febrero de 2008. A bordo de la nave de las Fuerzas Aéreas el señor Carlos Zaldívar, embajador de España en Cuba, nos informó de la disposición de su gobierno a aceptar la propuesta cubana. Agradecimos el gesto, estrechamos manos y despegamos hacia la incertidumbre y los partidos de fútbol.

Alejandro González Raga fue liberado y exiliado a España junto con Pedro Pablo Álvarez Ramos, Omar Pernet Hernández y José Ramón Castillo, miembros del Grupo de los 75 y condenados a largas penas durante la primavera de 2003.