¿Otro modo de hacer periodismo?
Luis Cino, periodista independiente

A juzgar por ortodoxos manuales para periodistas que insisten en la objetividad y la impermeabilidad informativa, se pudiera concluir que Cuba, después de 1959, se convirtió en el país del anti periodismo.
La prensa oficial cubana sirve al Estado como arma de propaganda. Los periodistas son considerados “trabajadores ideológicos”. Hasta los más fieles amigos del régimen cubano a la izquierda del mundo intelectual lo admiten. Según Gabriel García Márquez, la prensa cubana “más parece hecha para ocultar que para difundir”. Para el escritor uruguayo Eduardo Galeano, “parece de otro planeta”.
El propio decano de la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana, Julio García, declaró hace unos años el modelo de la prensa oficial “apologético, unanimista y con sus posibilidades agotadas”.
En el otro extremo, frente a la monolítica prensa controlada por el Estado, se alza, desde mediados de los años 90, el periodismo independiente. Privado de recursos para realizar su trabajo, enfrenta la represión del régimen. Para el escritor y periodista argentino Fernando Ruíz, el periodismo independiente en Cuba es “la columna vertebral del movimiento disidente”.
Los periodistas independientes cubanos son a menudo cuestionados en el exterior. Algunos reprochan lo que llaman su apasionamiento y falta de análisis y objetividad. Juzgan exageradas sus informaciones. Consideran que hacen un periodismo sui géneris, marcado por el peculiar temperamento cubano.
Nuestros críticos olvidan un hecho inherente a cualquier humano, no sólo a “los ardientes cubanos”: escribir periodismo libre en una dictadura totalitaria es hacer catarsis.
Hacer periodismo objetivo en una sociedad totalitaria que se caracteriza por su intolerancia, requiere triplicar el esfuerzo. Trabajar bajo el hostigamiento sistemático de la Seguridad del Estado, con la sensación de estar casi perennemente vigilado.
Cualquiera de los que te rodean puede ser un soplón. Siendo una víctima más del sistema, no puedes dejarte arrastrar por tus emociones.
Privado de cifras y datos oficiales (o a sabiendas de que están burdamente manipulados por el Gobierno), estás obligado a confiar en tu intuición, a aprender a leer entre líneas en la prensa oficial.
Tienes que ser prudente y saber discernir que puede haber de cierto en las conjeturas y los rumores que corren en la calle. Evitar las fuentes poco confiables y las informaciones no verificadas. Pueden ser falsas o echadas a rodar por provocadores al servicio de la policía política. El menor desliz en tus informaciones puede ser utilizado por las autoridades para desacreditarte o enviarte a la cárcel.
La escasez de fuentes es uno de las más difíciles cuestiones de los periodistas independientes cubanos. Las fuentes de tus informaciones te exigen anonimato. A veces te ruegan que no publiques algo que dijeron antes. Tienen tanto miedo como tu familia, los amigos que ya no te visitan o los vecinos que evitan saludarte en público. Tú los comprendes y tienes que protegerlos.
Pero puede haber sorpresas desagradables. La misma persona que te refirió el atropello de un funcionario o un abuso policial, temeroso de las represalias del régimen, puede negar mañana lo que afirmó ayer.
Los corresponsales extranjeros acreditados en Cuba saben bastante sobre esto. Tienen poco acceso a los funcionarios gubernamentales. Tropiezan con leyes que garantizan el secretismo de las actividades estatales. Cuando visitan una casa son espiados por la policía política y los CDR. Las personas que entrevistan en la calle se muestran evasivas y temen emitir críticas al Gobierno.
La diferencia es que sobre sus colegas independientes cubanos pende la fascistoide Ley 88 como una espada de Damocles. Más de una veintena de periodistas independientes cumplen largas condenas de prisión.
Sin embargo, la ola represiva de la primavera del 2003 no logró aplastar a la prensa independiente. Más bien, fue una dura prueba de la que emergió fortalecida.
Una señal de que los cubanos no dejan de caminar lenta, pero persistentemente hacia la democracia, es el periodismo independiente.
Con virtudes y defectos, es un referente obligatorio para los interesados en saber qué pasa realmente en Cuba.
El modo de escuchar qué piensan los hombres y las mujeres en La Habana, Santiago o Santa Clara. Mientras más nos acerquemos a la libertad y podamos trabajar en condiciones más normales, será mejor la calidad de las informaciones y crónicas desde Cuba.
Después de todo, ¿es tan grave que el nuevo periodismo cubano esté marcado por nuestro temperamento? En Cuba somos dados a crear escuelas en casi todo: el jazz, el ballet, la guitarra, el boxeo. Tenemos a Chucho Valdés, Alicia Alonso y Leo Brower. Modestia aparte, no se nos dan mal las escuelas.
Antes de 1959 hubo una tradición nacional de excelencia periodística. El periodismo pre revolucionario tuvo a Jorge Mañach. El periodismo independiente, a Raúl Rivero. ¿Por qué no pensar, para la democracia o desde ya, en una escuela cubana de periodismo?