Las promesas no arruinan

Víctor Manuel Domínguez, periodista independiente

El pueblo cubano está cansado de promesas. Una muestra de ello es el escepticismo mostrado ante el llamamiento formulado por el actual presidente de los Consejo de Estado y de Ministros, Raúl Castro.

En ocasión de la efemérides por el asalto al cuartel Moncada celebrada en la ciudad de Camagüey, el actual mandatario, luego de reconocer el estancamiento o retroceso en sectores vitales para la economía del país, así como el exceso de prohibiciones que rigen en la nación, pidió al pueblo en general que planteara, de forma pública y con valentía, todo cuanto frena el desarrollo de Cuba o interfiere en el nivel de vida de los ciudadanos.

Debate temeroso

Las más de 1300 asambleas realizadas en los sectores productivos, de servicios, sociales, políticos y culturales del país, dejaron claras la necesidad de cambios que requiere la nación.

Sin embargo, el miedo y el escepticismo dominaron las intervenciones que ubicaban al burocratismo, la corrupción, el robo, la ineficiencia, el freno a la iniciativa privada y los bajos salarios, como las principales causas del estancamiento económico y el deterioro moral de los cubanos.

Miedo, porque ya en otras ocasiones no pocas personas que se atrevieron a expresar sus criterios abiertamente, fueron señaladas como desafectas por sus declaraciones; escepticismo, debido a que a lo largo de la revolución se ha solicitado sinceridad al pueblo en sus demandas, y luego han sido archivadas sin darle soluciones.

Ejemplos como los Parlamentos Obreros que acabarían con el estancamiento de la economía del país, o la muy promocionada Rectificación de Errores y Tendencias Negativas para construir el verdadero socialismo, fueron promesas vanas que no sólo siquiera pusieron freno a los problemas, sino también los multiplicaron.

Por ésa y otras causas, ante el llamamiento formulado por Raúl para efectuar los cambios necesarios que saquen a la nación del estancamiento económico, con la poca singular acotación: “dentro del socialismo”, vuelve a sembrar las dudas sobre promesas bastante conocidas.

Algunos apuestan por la esperanza

No obstante a eso, y como la esperanza es lo último que se pierde, muchos apuestan que con una leve liberalización de los mecanismos productivos, de contratos, arriendos de la tierra, producciones independientes en sectores claves como el transporte, la agricultura, la construcción y los servicios, se daría un paso de avance en la eficiencia productiva del país.

Ángel Maldonado, un ingeniero retirado que por cuenta propia administra una paladar (especie de restaurante privado), en la que sólo se permite ofertar cuatro mesas para doce comensales, argumenta que de quitar estas limitaciones, la calidad en los servicios se multiplicaría, así como el número de trabajadores y las arcas de la economía al tener que pagar impuestos.

Asegura también que de permitirse la unión de transportistas privados, la crisis del sector se aliviaría.

El escepticismo de muchos

Por su parte, Gabriela Sotolongo, una maestra jubilada luego de ejercer el magisterio en la enseñanza primaria por más de cuatro décadas, expresó convencida que como no existe voluntad de cambios por parte de las autoridades del país, éstos no se producirán si no en la superficie, dejando el fondo igual, lleno de necesidades, podredumbres, falsas promesas y otros lodos que dan profundidad a la eslogan oficial: “cambios, pero dentro del socialismo”.

Asimismo, y aunque con reticencias ante la posible implicación de las preguntas, las treinta personas abordadas para este sondeo de opinión coincidieron en señalar que no habrá mejoría ni a mediano ni a corto plazo, emigrar del país es la única solución, continuarán las restricciones para viajar, obtener una vivienda, hospedarse en un hotel, y sólo es posible que desaparezca la libreta de racionamiento.

Preguntados por qué tanto escepticismo si el llamamiento a cambiar todo lo cambiable estaba promulgado, discutido y oficialmente en vías de solución, muchos contestaron: más de lo mismo; otros dijeron: siempre es igual.

Promesas, ruina y poder

La cuestión está en que si las promesas no arruinan al gobierno que las promete, sí lo hace con la población que depende del cumplimiento de las mismas para dejar de subsistir con el agua al cuello, las manos en candela, y los pies en polvorosa hacia el extranjero como única solución.

Las promesas sí arruinan a quienes no están en el poder.